martes, 18 de julio de 2017

APRENDER A VIVIR CON MIEDO

A pesar de los miles de años transcurridos y todos los avances realizados, la verdad es que nuestro cerebro, desde un punto de vista evolutivo, no es muy diferente al de un hombre de las cavernas. Y sólo hace falta echar un vistazo a alguno de nuestros análogos para darse cuenta, ¿verdad? Algunos por cierto ocupan sillones en despachos importantes. 

Así, el hombre de las cavernas necesitaba un cerebro muy en alerta porque cada vez que salía de la cueva se enfrentaba a peligros constantes: animales salvajes, tribus rivales, accidentes geográficos... El hombre de las cavernas necesitaba vivir con miedo, y sabía vivir con miedo, porque al fin y al cabo ese miedo le salvaba la vida.

Hoy sin embargo, esos peligros han desaparecido, pero en muchas ocasiones mantenemos ese nivel de alerta, aun cuando la amenaza no es real. El miedo por tanto, que es inevitable y sigue siendo necesario, se convierte no obstante en multitud de casos en un miedo exagerado.

Y de ahí vienen la fobias, las inseguridades, la ansiedad, el estrés...

Sobrevaloramos los peligros del mundo real y las consecuencias negativas de su impacto. Y el miedo que nace de esa sobrevaloración, es un miedo totalmente disfuncional, inadaptativo.

Por lo tanto, una 1ª clave para superar nuestros miedos o, mejor dicho, aprender a vivir con nuestros miedos, tal como hacía el hombre de las cavernas, es hacer una valoración más justa del peligro, pero también de los recursos personales que tenemos para afrontar ese peligro. Entiéndase como peligro, en el mundo actual: un despido, una enfermedad, un rechazo, una ruptura, una tarea, un reto, una hipoteca, unloquesea, porque al fin y al cabo, hoy día, ante cualquier estímulo podemos reaccionar como si estuviéramos frente a una grave amenaza.

Luego, una 2ª clave, al hilo de lo expuesto, sería valorar también en su justa medida el impacto de las consecuencias negativas del peligro o amenaza. Es decir, el "ponte en lo peor". Y cuidado porque, seguramente, al ponerte en lo peor, te darás cuenta de que lo temido efectivamente no es nada bueno, no es deseado, es una faena. Al fin y al cabo nadie quiere ser despedido (a no ser que no te guste tu trabajo), nadie quiere contraer una enfermedad (a no ser que no te guste tu trabajo y quieras cogerte una baja), nadie quiere que le rechacen o que rompan su relación (a no ser que...). Pero poniéndote en lo peor te darás cuenta de que lo peor, no es el fin. Es un mal superable. Después de lo peor, sigue habiendo soluciones y alternativas, incluso en el caso de una enfermedad terminal, hay alternativas: tu alternativa es el aquí y ahora. Incluso en el caso de la muerte, después del mal más temido, queda la paz.

Por último, una 3ª clave para aprender a vivir con tu miedo es comprometerte con la vida que quieres vivir. Es verdad que hay afuera hay peligros y amenazas, y aunque la mayoría son inventados o exagerados, nuestro cerebro en alerta (nuestro Ego Sobreprotector) no puede evitar alarmase. Es evolución, una respuesta muchas veces innatas, no elegimos sobresaltarnos ante la mayor tontería del mundo. Pero sí que podemos decidir preocuparnos ante esa falsa alarma, o redirigir nuestra atención y acción hacia lo que verdaderamente me importa y da significado a mi vida: mi familia, mis amigos, mis proyectos, mis metas, mis aficiones, mis principios y valores, mi ilusión...

Hace poco leí una genial frase de Daniel Dafoe que dice: "El miedo no para la muerte, pero detiene la vida". Y otra no menos genial de Pablo Neruda: "Si nada nos salva de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida". Sintetizan bastante bien la idea fundamental de este post:

Si tu compromiso es con el amor a la vida,
y no con el miedo a la muerte
(o con cualquier otro tipo de miedo),
ese compromiso te dará la lucidez suficiente para ignorar tus miedos,
sin son inventados o exagerados,
o afrontarlos, si suponen un obstáculo para tu compromiso
con el amor a la vida.

Vive con miedo que no pasa nada... mientras el miedo no te impida salir de la cueva... y vivir la vida que quieres vivir. Un abrazo.

jueves, 13 de julio de 2017

COSAS QUE TE DIJERON QUE ERAN MALAS Y PROBABLEMENTE NO LO SEAN

Seguro que todos somos capaces de enumerar una serie de valores que, de manera general, se consideran positivos: la gratitud, la solidaridad, la valentía, la sabiduría, la esperanza, la autorrealización... La lista podría ser más larga y todos estaríamos de acuerdo en la importancia de estos valores para la vida, tanto en el plano individual como en el colectivo.

Sin embargo, hay otros valores que seguramente hemos subestimado y que incluso hemos asimilado como negativos, por el fruto de malos aprendizajes ya que, como veremos a continuación (o como yo voy a tratar de defender), no son para nada antivalores y, dependiendo de la cantidad, el contexto, el momento y el uso que se les de, ciertamente, pueden llegar a ser valores que enriquezcan enormemente nuestra vida.

De hecho, el exceso de solidaridad puede potenciar la dependencia en detrimento del desarrollo de la autonomía, el exceso de esperanza puede derivar en ingenuidad y frustración, y el exceso de valentía puede llevar directamente al suicidio inintencionado. Todo puede ser bueno en su justa medida, todo puede ser malo si es en exceso o en defecto.

Esta es mi lista de Cosas que te dijeron que eran malas y probablemente no lo sean:

  • La lentitud. ¿No te ha pasado alguna vez que alguien te ha criticado por hacer algo de manera parsimoniosa, o tú mismo te has criticado? Vivimos en la cultura de la inmediatez. Y esto es así porque en un Sistema como el nuestro, en el que el objetivo viene a ser la productividad (en lugar de la felicidad, qué cosa más triste), el factor eficiencia, que significa "hacerlo bien con la menor cantidad de recursos posibles" (entre esos recursos, el tiempo), cobra una importancia exagerada. Trabajar, interactuar, vivir, de manera más lenta, además de quitarnos estrés, nos ayuda a estar más conectados con lo que estamos haciendo, con el aquí y ahora, de manera más consciente y también, más gratificante.
  • La pereza. Claro, si "hay que" ser productivo, ¿¿¿cómo te vas a permitir ser vago??? El problema de esta creencia aparece cuando no nos concedemos momentos de pereza porque tememos volvernos perezosos (un claro ejemplo de la presión psicológica que puede llegar a ejercer el Sistema), o cuando por darte momentos de ocio y descanso te sientes culpable porque no estás aprovechando el tiempo, ya que no estás siendo productivo. Cuando mueras pondrán en tu lápida "Aquí yace X, fue una persona muy productiva". ¡Qué tontería! Necesitamos muchos momentos de relax, mucha diversión, dormir más, hacer mucho más NADA... ¿Y sabéis cuál es la paradoja? Que eso es productivo, porque si el cuerpo y la mente descansan y encima estoy de buen humor, voy a rendir mejor.
  • El silencio. Hay una memorable escena de Pulp Fiction protagonizada por
    John Travolta y Uma Thurman, en la que ella, tras un largo silencio, le dice a él: "¿No los odias?", y él pregunta: "¿El qué?", y entonces ella responde: "Estos incómodos silencios. ¿Por qué creemos que es necesario decir gilipolleces para estar cómodos?". Tal como responde el personaje de Travolta después, yo también creo que es una buena pregunta. ¿No habéis tenido a veces la sensación de "tengo que decir algo"? ¿Por qué? Y esto se pone mucho más de manifiesto cuando alguien nos cuenta un problema o nos revela que se siente mal: "¡Alarma, alarma, di algo, soluciona la vida de este pobre diablo, móntale en una nube y haz que se sienta feliz!". A veces el silencio dice más que las palabras, a veces escuchar sana más que decir. Como diría Tarantino: "Disfruta tu puto silencio, joder".
  • La simpleza. Y es que, ¿no tenéis la sensación de que, entre todos un poco, hemos complicado de una manera totalmente innecesaria nuestro estilo de vida? ¿Para qué, para tener más? Pero no sólo en un plano material, también en lo social y en lo personal. Hay que tener más amigos, más experiencias, más virtud... Más no siempre es sinónimo de mejor. Luego vemos a alguien con una vida muy "básica" pero feliz, ¡y casi que nos molesta! Nos entran ganas de decirle: "Oye, ¿pero qué estás haciendo con tu vida?, ¡la estás desperdiciando, haz más cosas!" Si se lo dijéramos seguro que nos miraría con cara rara, ¡y con toda la razón del mundo! Menos es más: menos complejidad es menos estrés y por tanto más paz, menos pertenencias es menos cargas y por tanto más ligereza, menos apego es menos necesidades y por tanto mayor independencia y libertad. Sé que moriré sin tener muchas cosas, sin haber vivido muchas experiencias y sin haber desarrollado muchas virtudes, y no quiero que eso me importe, no quiero que eso determine mi felicidad.
  • La irreverencia. ¿Qué es lo contrario a ser irreverente? Seguir las normas, acatar. No es malo, es necesario, pero el mal aprendizaje que hemos podido extraer es: hay que ser siempre correcto. ¿Y qué es lo correcto? ¿Hacer lo que otros dicen que haga? ¿No se pueden equivocar los otros, son las normas siempre correctas? Y aunque siempre lo fueran (que no es así, de ningún modo), si me obligo a ser siempre correcto, ¿no me estaría obligando a ser perfecto, no me castigaría en demasía cuando fallo, no estaría dejando de aceptar mis limitaciones? Ni siempre podemos seguir las normas, ni siempre debemos. La insumisión y la rebeldía han derivado no pocas veces en un cambio que ha transformado a la sociedad para bien y la ha hecho más justa. Si seguimos la corriente nunca sabremos qué nos estamos perdiendo al otro lado.
  • La diferencia. ¿Quién no se ha sentido mal por ser diferente, por no encajar, por no seguir "la misma onda"? ¿Y acaso ser diferente es malo? Entonces, ¿por qué sentirse mal? ¿Es justo que nos sintamos inferiores por nuestras diferencias? Nuestras diferencias no nos hacen peores, nos hacen NOSOTROS, nos hacen únicos. Y quizá queramos encajar en todos sitios pero no todos los sitios ni todos los grupos están hechos para nosotros, y no pasa nada. Si no tuviéramos diferencias, seríamos borregos de una misma manada que se dejan gobernar por el pastor y no pueden decir más que "¡Beee, beee!". No tendríamos voz propia, careceríamos de pensamiento crítico, no nos distinguiríamos. Ama tus diferencias, porque no te hacen peor ni mejor, te hacen ser tú.
  • La inmadurez. Pensemos por un momento en el valor opuesto: la madurez. Se considera, por norma general, una virtud. Y lo es si la madurez te acerca a tu mejor Yo, tu Yo más auténtico. La madurez tiene que ver con la autorrealización, con el crecimiento personal, con dejar de ahogarse en un vaso de agua y saber observar las cosas desde una posición más serena y reflexiva. La madurez no es volverse más serio, con más responsabilidades y más aburrido. La madurez es responsabilizarte de tu vida y de tu actitud ante la vida. Y es, en este sentido, de personas sumamente responsables: no dejar de jugar, de reír, de soñar, de hacer el payaso, de ensuciarte las rodillas. Es una gran responsabilidad, sin duda, no perder el contacto con el niño que llevamos dentro

No todo lo que parece malo es malo, no todo lo que parece bueno es bueno, pero ciertamente podemos hacer de nuestra vida una BUENA VIDA, con los valores que, no nuestros aprendizajes o el Sistema, sino nosotros, queramos añadir. Un abrazo.

miércoles, 5 de julio de 2017

¿POR QUÉ SE DEBERÍA ENSEÑAR INTELIGENCIA EMOCIONAL EN LAS ESCUELAS?

El sistema educativo, al menos en España (y casi en el resto del mundo), aún sigue centrado en el desarrollo de la inteligencia lógico matemática, sobre todo, y lingüística, en la adquisición y consolidación de contenidos, y en los resultados académicos.

Otro tipo de modelo es posible, en el que se priorice la aplicación práctica por encima de la mera acumulación de teoría, y el desarrollo de competencias como la creatividad, la capacidad de análisis y el pensamiento crítico, por encima de las notas.

Y por supuesto, en el que se tenga en cuenta otros tipos de inteligencia más allá de la lógico matemática o la lingüística, como la Inteligencia Emocional.

Ya en 1983, el psicólogo y profesor de Harvard, Howard Gardner, ideó la Teoría de las Inteligencias Múltiples, de máxima aceptación hoy, en la que se dejaba de considerar la inteligencia como algo unitario y se empezó a entender como una red de potencialidades intelectuales interrelacionadas. En la actualidad se distinguen hasta 8 tipos de inteligencias: la lógico matemática, la lingüística, la corporal-cinéstésica, la visual-espacial, la musical, la naturalista, la interpersonal y la intrapersonal.

Más tarde, en 1990, los psicólogos John Mayer y Perter Salovey crean el constructo de la Inteligencia Emocional, que después popularizaría Daniel Goleman con el libro homónimo. Este concepto, al ser posterior a la Teoría de Gardner, queda fuera de la misma, pero en realidad la Inteligencia Emocional engloba aspectos claves de la inteligencia interpersonal e intrapersonal, ya que definimos a aquélla como: la habilidad para comprender, expresar y regular nuestras propias emociones y las de los demás.

Gran parte del éxito del libro de Daniel Goleman, Inteligencia Emocional, se debe a que numerosos estudios científicos recogidos en el libro ponen en evidencia que la inteligencia lógico matemática (la que miden los tests de inteligencia para llegar al Coeficiente Intelectual) no es mejor predictor del éxito que la Inteligencia Emocional.

Y es que a fin de cuentas, ¿de qué te sirve ser el más listo de la clase si luego vas a suspender un examen, te vas a frustrar, no vas a saber lidiar con esa emoción, y vas a acabar dejando los estudios? ¿De qué te sirve estudiar mucho y hacer siempre los deberes, si cuando te pongan a hacer una actividad en grupo, no vas a saber trabajar en equipo, por falta de empatía o habilidades de comunicación?

¿De qué sirve hoy tener un expediente académico impoluto, si no sabes regular tus propios estados emocionales? ¿De qué sirve haber llegado a directivo si vives estresado? ¿De qué sirve el éxito si no eres feliz, o acaso el mayor éxito no es la felicidad?

La Inteligencia Emocional, junto a la creatividad y el pensamiento crítico, sigue siendo hoy la gran olvidada de los sistemas educativos, y he aquí un buen número de razones para implementarla desde ya en las escuelas:
  • Permite un conocimiento más profundo de uno mismo y de su Universo Emocional.
  • Hace ganar autoconfianza.
  • Favorece el autocontrol, la adaptabilidad y la innovación.
  • Genera actitudes de motivación y optimismo.
  • Facilita la adquisión de habilidades sociales y el trabajo en equipo.
  • Incrementa la capacidad empática de los individuos.
  • Refuerza la tolerancia al estrés, a la frustración y a la incertidumbre.
  • Provoca la facilitación emocional: cuando a través de la regulación de mis emociones facilito otros procesos, como la toma de decisiones, la innovación y el rendimiento.
Y todo ello es imprescindible para el éxito, sea esto lo que cada persona quiera entender como éxito.  


En definitiva, un buen desarrollo de nuestra Inteligencia Emocional facilita que seamos capaces de adaptarnos a los retos continuamente cambiantes de esta sociedad, y no sólo eso, también transformarla, para crear un mundo mejor.

A fin de cuentas, un mundo con personas más felices, o con mayor facilidad para gestionar su felicidad/infelicidad, es un mundo con menos competitividad, con menos conflictos, con menos guerras.

Afortunadamente, las personas no dejamos de aprender durante toda la vida. Por ello este sábado 8 de Julio impartiré en Málaga un Taller de Inteligencia Emocional. Porque nunca es tarde para tener éxito en nuestra insaciable búsqueda de la felicidad.

Te dejo con una frase de (¡atención!) Aristóteles: "Educar la mente sin educar el corazón, no es educar en absoluto".  Buen día, un abrazo.

lunes, 26 de junio de 2017

¿TENGO UN PROBLEMA POR SENTIRME FELIZ ESTANDO SOLA?

Desde 2015 tengo el orgullo de formar parte del APOL: el servicio de Apoyo Psicológico On Line de la Fundación Punset. Una selección de psicólogos de toda España que contestamos consultas en torno a problemas de depresión, ansiedad, estrés, pareja, desamor, y muchos otros.

Desde entonces, una gran cantidad de trabajo, más de 150 consultas publicadas, y una enorme experiencia de aprendizaje que me llevo y que quiero compartir contigo, publicando algunas de las consultas más destacadas que he tenido la oportunidad de contestar.

Esta semana: ¿Tengo un problema por sentirme feliz estando sola? Un caso real que nos muestra como la presión social puede engrandecer y demonizar algo tan natural como es la soledad y que además tiene múltiples ventajas.

CONSULTA

Soy una chica de casi 30 años, con pareja, una familia genial y con unas relaciones sociales demasiado satisfactorias. En este "demasiado" me quiero centrar. No me interesan mucho los grupos, ni tener a gente siempre ahí. Son muchas las personas que me dicen que por qué estoy sola, que salga, que me relacione, y mi carácter dubitativo me hace pensar que tengo algún problema. Pero es que la mayor parte de las veces que estoy con gente con mucha frecuencia siento que pierdo el tiempo. Trabajo en algo que me encanta, pero gasto muchas horas en ello, y el tiempo que me queda me gusta aprovecharlo para pintar, escribir, pasear y fotografiar, escribir, ver pelis o... mirar al cielo yo sola pensando en lo maravilloso que es el mundo. El caso es que no entienden que prefiera esto, y esa incomprensión me hace pensar que tengo un problema por sentirme tan feliz sola y entonces me fuerzo a estar con otros. ¿Qué pasa con los que somos solitarios porque queremos, sin tener ningún problema de relaciones sociales más allá de que no nos gustan los grandes grupos?

RESPUESTA

Nada. No pasa absolutamente nada. Así, radical. Deja de pensar que pasa algo porque no pasa absolutamente nada. Eduardo Punset dice en su libro El viaje a la felicidad: "No es tan importante lo que hay que aprender, como todo lo que tendríamos que desaprender". Hemos aprendido multitud de creencias irracionales que provocan pensamientos sesgados y hábitos disfuncionales. A lo mejor las personas que te "obligan" a salir y relacionarte más han mal aprendido que para divertirse necesariamente hay que hacerlo acompañado.
Lo importante es que tú te sientas bien. La vía para sentirte bien la eliges tú y mientras cumpla su fin y no sea algo que haga daño a otras personas o a ti misma, bienvenida sea. Forzarte a hacer algo, sólo porque lo hagan los demás, es muy posible que no te haga sentir. bien Las costumbres, las convenciones sociales, las modas... actúan como fuerzas psicológicas que nos presionan a ir en manada, aunque no nos gusten ni el rebaño ni el camino. Esto crea tensión psicológica y conflictos internos totalmente innecesarios.

Está demostrado que la soledad no es necesariamente "mala": potencia momentos de reflexión, de cambio, o de creatividad como en tu caso. También numerosos estudios nos dicen que las relaciones sociales significativas son unas de las principales fuentes de bienestar para las personas. Pero querer estar sola a veces para disfrutar de la soledad no es lo mismo que estar sola o sentirse sola. Disfruta de tu soledad, sin culpa, sin remordimiento, y siéntete libre cuando lo hagas. Un abrazo.

miércoles, 21 de junio de 2017

EL EGO SOBREPROTECTOR

El Ego es la consciencia de uno mismo.

Entonces, nos solemos referir al Ego como un ente propio, ya que yo no soy sólo yo, no soy sólo lo que hago, lo que digo, lo que siento o lo que pienso, también soy lo que pienso que hago, lo que pienso que digo, lo que pienso que siento e incluso lo que pienso que pienso.

Toma ya... Pues no acaba ahí la cosa, porque el Ego es además la consciencia de uno mismo en el mundo, ya que no somos seres aislados, sino que vivimos en constante interrelación con nuestro entorno. El Ego es también por tanto lo que pienso que hacen, lo que pienso que dicen, lo que pienso que sienten y lo que pienso que piensan, respecto a mí.

Ole. Pero tampoco acaba aquí la cosa. Porque yo no soy sólo mi Ego, aunque pueda parecerme que yo soy sólo mi Ego. En realidad: Yo soy más que lo que pienso que hago, digo, siento y pienso, y más que lo que pienso que mi entorno hace, dice, siente y piensa respecto a mí, ya que también soy lo que hago, digo, siento y pienso en constante interrelación con mi entorno. 

Sin embargo, lo que creo que es más importante (o quizá lo que creo que cree mi Ego que yo creo que es más importante... mejor dejémoslo) es que nos demos cuenta de que: existe una relación entre la consciencia de mí mismo y mi mí mismo. Es decir, entre mi Ego y Yo. Y esa relación, al igual que la relación con un familiar, un amigo, una pareja, un compi del trabajo y etcétera, también es susceptible de ser tóxica.

Lo explicaré con una pequeña metáfora: la del jarrón milenario.

Imagina que tienes un jarrón en tu casa, y que es precioso. Es tan bonito que cada vez que pasas por su lado, abrumado por su hermosura, te levanta el ánimo, te hace sentir bien. Quieres ese jarrón, lo amas.

Pero un día llega a ti una asombrosa revelación: resulta que ese jarrón que hay en tu casa, es un jarrón milenario, de un valor imposible de calcular. El jarrón ya no sólo es hermoso, ahora es importante. Y desde que sabes esto, lógicamente, te vuelves muy cuidadoso y precavido con el jarrón: ya no limpias la zona en la que se encuentra temeroso de cometer una torpeza y que se rompa, tampoco te provoca la alegría que sentías antes la visión del jarrón porque ahora ni te atreves a pasar por su lado por miedo a tropezar y derribarlo, ni siquiera invitas a amigos a tu casa, desconfiando de que alguno sepa de la valía del jarrón y decida robártelo, ¡e incluso no consigues dormir por las noches debido a este motivo!

Sin darte cuenta de cómo, el jarrón se ha ido convirtiendo en la causa de multitud de desdichas. Y es que, en realidad, el jarrón ya era valioso antes de que supieras que era milenario. Ni siquiera hacía falta que supieras de esta cualidad para considerarlo de un valor incalculable: el jarrón era hermoso, el jarrón te hacía sentir bien. Amabas el jarrón, y no hacía falta que fuera un jarrón importante, para amarle.

Cuando la consciencia de nosotros mismos en el mundo nos otorga demasiada importancia en él, aparecen el celo, la inseguridad, la desconfianza. No es que no haya amor, pero no fluye, porque lo que fluye es el miedo, y ese miedo bloquea el amor. El Ego está orientado a la protección y tan enfocado en ella, debido al peso y relevancia que nos da, que finalmente se convierte en sobreprotección.

Cuando me quiero, sin condiciones, porque no necesito ser milenario, no necesito ser importante, no necesito que no me rompan, simplemente me quiero, independientemente de lo que piense que haya hecho, dicho, sentido o pensado, y por supuesto, totalmente independiente a lo que piense que otros hagan, digan, sientan o piensen de mí, entonces, fluye el amor.

El miedo empuja la sobreprotección, que sólo lleva a más miedo.

Y lo que empuja el amor, es el amor.

Un abrazo.

Y:


Date el suficiente valor
como para que te dé igual que te rompas.
Porque cuando eso pase, será el valor que te das,
lo que recomponga tus piezas.

jueves, 15 de junio de 2017

REALMENTE: ¿QUEREMOS SER FELICES?

En mi trabajo como psicólogo me he dado cuenta de que la mayoría de las personas no queremos ser felices.

Y no hablo de esas personas que se odian o menosprecian a sí mismas hasta el punto de que no se consideran merecedores de sentir felicidad y por tanto se autosabotean constantemente. Esas personas no son la mayoría, y ése es otro problema a tratar, y que debe ser abordado en psicoterapia.

No, de lo que yo hablo es que la mayoría de las personas no queremos ser felices porque lo que queremos es que nos pasen cosas buenas para ser felices.

Condicionamos por tanto un estado interno a factores externos: eventos, resultados, cosas que tengo u obtengo.

Y hasta cierto punto ha de ser así. Hasta cierto punto... Es decir: es antinatura forzarme a sentirme bien cuando me ha pasado un evento negativo, he perdido algo o no he obtenido lo que quería.

El problema aparece cuando valoro mi vida o me valoro a mí mismo exclusivamente en función de lo que me pasa, lo que consigo o lo que tengo.

Ése es un problema muy chungo. Casi tanto, ahora que caigo, como el de pensarse no merecedor de felicidad.

Porque si pienso: "Para ser feliz han de pasarme cosas buenas o conseguir lo que quiero o tener muchas cosas", fácilmente llegaré a la conclusión de que: "Me pasa algo malo o no consigo lo que quiero o no tengo muchas cosas... no merezco ser feliz".

Ridículo.

La adversidad, el fracaso, la pérdida y la carencia forman parte de la vida, y si quieres ser feliz, tienes que vivir la vida, tal como es, aceptándola, con sus sombras y sus luces, y así también has de aceptarte a ti mismo.

La felicidad podemos entenderla como una emoción, como un estado de ánimo, como bienestar. No es una meta, no es un estado permanente, es transitoria.

Pero sí es cierto que cuando nos pensamos a nosotros mismos y valoramos nuestra sensación de bienestar global, podemos preguntarnos: "¿Soy feliz, tengo una buena vida, tengo la vida que quiero tener?" Y entonces me puedo contestar: "No, porque sufro; no porque no consigo ciertas cosas o no tengo muchas otras".

Da igual. En serio, da igual. DA IGUAL.

Sufre. Y sé feliz.

Fracasa. Y sé feliz.

Pierde. Y sé feliz.

Ten poco, pero ten felicidad.

No eres peor persona, ni más desgraciado, ni más infeliz por que te pasen o te dejen de pasar cosas malas o buenas. La felicidad no va de las cosas. La felicidad va de lo que haces, con las cosas. Un abrazo.

miércoles, 7 de junio de 2017

EL SÍNDROME DE LOS BICHOS RAROS

Una autoestima sana es el pilar base para una vida feliz.

Entendiendo vida feliz como bienestar, que desde luego no implica estar siempre bien.

Pero difícilmente vamos a sentirnos bien en algún momento, si no nos sentimos bien con nosotros mismos.

Por eso las consultas de psicólogos se llenan de personas con problemas de ansiedad y depresión, y por muy distinto que sea el origen, la mayoría presenta un denominador común: falta de autoestima.

Cuando un psicólogo detecta esta falta de amor propio, una de las acciones más comunes, y que se fomenta mucho desde la Psicología Positiva, es la de promover el autoconocimiento en el sujeto, para que su autoconcepto, que seguramente estará sesgado por distorsión, cambie, y se aproxime a una definición más exacta y justa de la realidad. 

Además, se persigue sobre todo que la persona conozca cuáles son sus fortalezas personales, sus virtudes, sus recursos, lo que tiene de bueno, lo que se le da bien, ya que ese feed back positivo mejorará su autoimagen al tiempo que le dota de autoconfianza para afrontar sus retos de vida.

Todo esto es bueno. Todo esto hay que hacerlo. Todo esto sirve.

Sin embargo... me he dado cuenta de una cosa. Mis años de experiencia profesional como psicólogo me han aportado una especie de revelación con una utilidad profundamente personal y que ahora quiero compartir contigo. Y es la siguiente:

La mayoría de las personas con déficit de autoestima,
no se piensan con una carencia de fortalezas,
sino que no les dan valor porque creen que sus defectos
les hacen especialmente inferiores.

Estas personas, nosotros, ¡yo!, nos creemos como bichos raros. Si tenemos miedo, nos pensamos los más cobardes del mundo. Si fracasamos, interiorizamos el fracaso como algo que forma parte de nosotros. Si nos hacen daño llegamos a la conclusión de que es lo normal, si sobreviene la adversidad que es lo que me toca.

Es tan grave hacer este tipo de interpretaciones.

Porque no es verdad. Pero atrapados por esa maldición de inferioridad que nos hemos autoatribuido, llegaremos a la conclusión de que mis limitaciones, mis fallos, mis desgracias, es lo que me merezco, porque no soy lo suficientemente bueno.

Es difícil liberarse de esa maldición de pensarte peor que el resto, es muy difícil. Sobre todo hacerlo uno solo. Por eso te pido que, si conoces a alguien que sospechas está bajo el dominio de esa maldición, le digas: "yo también".

Yo también he tenido miedo.

Yo también he fracasado.

Yo también me he sentido incapaz.

Yo también he estado en la mierda.

A mí también me han hecho daño.

A mí también me han rechazado.

Yo también he sido un "bicho raro".

El autoconocimiento y descubrimiento de las fortalezas personales es muy importante para tener una buena valoración de uno mismo. La aceptación de nuestra vulnerabilidad, es imprescindible.

¡Y que vivan los bichos raros! Un abrazo.

Recordatorio: este sábado 10 de junio por la mañana hago Taller de Autoestima: ¡Soy imperfecto y me alegro! en el Centro de Málaga. ¡Te espero!